Trabajo infantil indígena: Explotación sin límites

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Bogotá. Agencia PANDI, 17 de marzo de 2010. A comienzos de enero pasado, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) asumió la protección de 12 niños indígenas de la etnia Yukpas, víctimas de la explotación infantil en manos de un grupo de adultos que los utilizaban para ejercer la mendicidad.

Los pequeños, con edades entre los 9 meses y los 17 años, fueron llevados a hogares sustitutos del Icbf, mientras las autoridades establecían las responsabilidades del caso y adelantaban las gestiones necesarias para devolverlos a su casa: el resguardo Iroka, en el departamento del Cesar, al nororiente del país.

Pero no todos los niños indígenas vinculados a esta y otras formas del trabajo infantil corren con la suerte de ser rescatados. Tal como lo denuncian autoridades y organismos internacionales, miles de ellos son separados temporal o permanentemente de sus pueblos, de sus tradiciones, de sus familias y de su niñez para enrolarse en peligrosas tareas que van desde el servicio doméstico hasta la mendicidad, pasando por la agricultura, la minería, las tareas de la construcción e inclusive la explotación sexual.

En el caso colombiano, muchos niños indígenas desaparecen para siempre en las filas de los grupos armados ilegales, en donde son reclutados para cumplir labores de inteligencia y espionaje o realizar pesadas tareas de campaña.

“Estamos muy preocupados por este fenómeno, por el reclutamiento de los niños… Los obligan para que ejerzan labores de seguimiento al Ejército”, señaló recientemente el vicepresidente de la República, Francisco Santos, durante un consejo comunal celebrado en el departamento del Guaviare.

Un desangre latinoamericano

La realidad que enfrentan los niños trabajadores indígenas de Colombia se repite en casi todos los países de América Latina. Así quedó demostrado la semana pasada en Cartagena de Indias, cuando funcionarios de gobiernos y representantes de pueblos indígenas de la región expusieron las distintas caras de la problemática y se sentaron a concertar propuestas para erradicar el trabajo infantil entre las nuevas generaciones de sus milenarias etnias.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), una de las nueve organizaciones convocantes del Encuentro Latinoamericano Pueblos Indígenas y Gobiernos, en países como Bolivia y Ecuador cerca de la mitad de los niños indígenas entre los 5 y los 17 años trabajan, muchos de ellos en actividades catalogadas internacionalmente entre las peores formas del trabajo infantil.

De otra parte, en Perú, cientos de pequeños son reclutados para desempeñar labores agrícolas, muchas veces en cultivos ilícitos, mientras que otros tantos entre los 11 y los 17 años conforman aproximadamente el 20% de la fuerza laboral empleada en los lavadores de oro en la región de Madre de Dios.

En este país andino la actividad minera aurífera ha sido implacable con los menores de edad. Tal como lo registró el abogado y consultor de la OIT Pedro García Hierro en un documento presentado durante el Encuentro de Cartagena, hace una década la Comisión de Derechos Humanos del Congreso investigó “el hallazgo de 60 fosas comunes con cadáveres de niños cargados en camiones desde las comunidades aymaras de Juliaca, fallecidos en accidentes laborales o por enfermedades derivadas de las extremadas exigencias del trabajo en la minería aurífera”.

El panorama no es mejor en el norte de Latinoamérica. La OIT estima que en México cerca del 32% de la mano de obra indígena está compuesta por niños de las comunidades que migran de distintas zonas del país. Entre tanto, en Guatemala, en donde los originarios conforman cerca del 41% de la población total, la mitad de los niños vinculados al trabajo infantil pertenecen a alguna etnia, viven en las peores condiciones socioeconómicas y sus posibilidades de asistir a la escuela son inferiores, hasta en un 80%, frente a las de aquellos menores de edad que no hacen parte de estas comunidades.

Del aprendizaje a la explotación

Las discusiones de los líderes reunidos en Cartagena partieron de la necesidad de establecer una clara diferencia entre las tareas que los niños indígenas realizan como parte del proceso formativo en sus comunidades, y aquellas que por sus características configuran casos de trabajo infantil según los parámetros internacionales que lo definen.

“Hay que dejar en claro que cuando hablamos de estas actividades formativas que los niños indígenas realizan tanto para aprender como para socializarse y para poder ser activo en el futuro, no estamos hablando de trabajo infantil”, explicó García Hierro.

García reiteró que la gran mayoría de los casos de explotación de niños y niñas indígenas se produce por fuera de sus comunidades, en contextos ajenos a sus tradiciones culturales. No obstante, reconoció que sería un error dejar pasar por alto aquellos casos en que con un argumento cultural se impone a los pequeños cargas excesivas de trabajo. excesivo a las niñas en los hogares.

“La carga cultural también está ahí y ustedes tendrán que tener mucha paciencia para determinar, en cada comunidad, si efectivamente esto que estamos llamando tareas para el aprendizaje y la socialización, no son también, en algún momento, formas de explotación familiar”, advirtió el consultor.

Un frente común hacia la erradicación

Basados en sus propias realidades, los líderes presentes en el Encuentro de Cartagena expusieron sus ideas en torno a la urgencia de erradicar el trabajo infantil en las comunidades indígenas, en un marco fundamentado en la corresponsabilidad.

De la reunión surgió un conjunto de acuerdos, compromisos y acciones que serán compilados y divulgados en pocos días y que buscan enfrentar la problemática desde distintos frentes: la garantía de los derechos para todo el grupo familiar originario, la formulación de políticas públicas especiales para sus contextos y el fortalecimiento de la oferta educativa diseñada especialmente para las necesidades de sus niños y niñas, entre muchas otros.

De estas acciones dependerá, en buena medida, que la sociedad latinoamericana logre vencer el que muchos consideran el primero de los desafíos: sacar la problemática de la niñez trabajadora indígena del lugar marginal que históricamente ha tenido en agenda pública hemisférica.

“Hay un gran desconocimiento de la situación por la que atraviesa un número indeterminado de niñas, niños y adolescentes indígenas que están sometidos a las peores condiciones de explotación”, advierte Harvey Suárez Morales, consultor del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).  “Incluso no aparecen casi ni nombrados como sujetos de protección o como población a la cual habría que prestar atención”.

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